Mi abuela decía que las tormentas tenían nombre. No los nombres que les ponen en las noticias, sino nombres propios, nombres de conocidos.
“Esta es la tormenta de Doña Carmen”, decía cuando el cielo se ponía negro. “Viene a cobrar lo que le debemos”.
Crecí en San Mateo Atenco, un pueblo que el agua visita cada año con la puntualidad de un cobrador. Las inundaciones eran parte del calendario, tan esperadas como las fiestas patronales.
El agua que todo lo borra
En 1998, el agua llegó hasta el segundo piso de nuestra casa. Mi abuela, con sus setenta años a cuestas, subió las escaleras cargando las fotografías familiares envueltas en bolsas de plástico.
“Las cosas se compran de nuevo”, me dijo. “Las memorias no”.
Pasamos tres días en el techo, esperando que bajara el nivel. Los vecinos se comunicaban a gritos, compartían comida pasándola de azotea en azotea. El pueblo flotaba.
“Aprendimos a vivir con el agua porque no teníamos opción. Pero nunca aprendimos a perderle el miedo”.
Lo que el agua nos dejó
Hoy, veinte años después, camino por las calles de San Mateo y veo las marcas en las paredes: líneas horizontales que cuentan la historia de cada inundación. Son como anillos en un árbol, pero de cemento y pintura descascarada.
Mi abuela murió en 2015, en una noche de tormenta. La enterramos en el panteón del pueblo, en una tumba elevada, porque hasta los muertos aquí deben aprender a flotar.
A veces, cuando llueve fuerte, escucho su voz nombrando la tormenta. Y me pregunto qué nombre le habrá puesto a esta.